El sociólogo Zeynep Tufekci dijo en una ocasión que la historia estaba llena de grandes ejemplos de daños causados por gente poderosa que pensaba que solo porque creían tener buenas intenciones, no podían causar daño alguno. 
En 2017, los refugiados rohingya comenzaron a huir de Myanmar hacia Bangladesh debido a la represión por parte del ejército de Myanmar, un acto que la ONU calificó posteriormente de intención genocida. Según llegaban a los campos de refugiados, tenían que registrarse para una serie de servicios, entre ellos la inscripción a una tarjeta de identificación biométrica avalada por el gobierno. En realidad no tenían opción de negarse. En 2021, Human Rights Watch acusó a las agencias humanitarias internacionales de compartir información recogida de forma ilícita sobre los refugiados rohingya con el gobierno de Myanmar y sin el debido consentimiento. La información compartida no solo contenía datos biométricos, también acerca de la composición familiar, los parientes en el extranjero y su lugar de origen. Ante el temor de represalias por parte del gobierno de Myanmar, algunos se escondieron. 
La identificación selectiva de los pueblos perseguidos ha sido durante mucho tiempo una táctica de los regímenes genocidas. Pero ahora los datos están digitalizados, por lo que son de fácil acceso, se escalan más rápidamente, y su disponibilidad es mayor. Así que todo esto fue un fracaso en multitud de frentes: institucional, gubernamental y moral. 
Llevo 15 años trabajando en el sector de la ayuda humanitaria. De Ruanda a Afganistán. ¿Qué es la ayuda humanitaria?, quizás se pregunten. Dicho simplemente, consiste en proporcionar cuidados de emergencia a quienes más lo necesitan en momentos críticos, tras una catástrofe o durante una crisis, donde faltará comida, agua y refugio. He trabajado en organizaciones humanitarias muy grandes, ya sea liderando programas multinacionales a nivel mundial o diseñando mejoras en los drones para la gestión de desastres en pequeños estados insulares. Me he sentado con comunidades en los contextos más frágiles, donde nunca antes  habían hablado sobre su futuro. Y he diseñado estrategias mundiales para que las organizaciones humanitarias se preparen para tales escenarios futuros. Y lo único que puedo decir es que el personal humanitario ha ido adoptando la digitalización a una velocidad increíble durante la última década, pasando de las tiendas de campaña y las cantimploras, que todavía usamos, por cierto, a la AI, los macrodatos, los drones y la biometría. Todo esto puede parecer relevante, lógico, necesario e incluso atractivo para los entusiastas de la tecnología. Pero en el fondo es un despliegue de tecnologías no testadas en poblaciones vulnerables y sin el consentimiento apropiado. Y esto me hace detenerme. Detenerme porque las penurias que sufrimos hoy en día a nivel de toda la humanidad no han aparecido de la noche a la mañana. Son el resultado de una historia compartida de colonialismo, donde las novedades tecnológicas son inherentemente coloniales, pues a menudo están diseñadas para y por el bien de pueblos que se encuentran fuera del entorno tecnológico, o que no están legítimamente considerados como capaces de proveer  sus propias soluciones. 
Y como parte del personal humanitario, planteo esta pregunta: En nuestra misión de hacer el bien en el mundo, ¿cómo podemos asegurarnos de no abocar a las personas a daños futuros, al endeudamiento y la inequidad como resultado de nuestras acciones? Es por eso que ahora estudio la ética de la innovación tecnológica humanitaria. Y no solo por curiosidad intelectual, tengo motivos profundamente personales. Me muevo impulsada por la creencia de que a menudo es gente como yo, proveniente de las mismas comunidades que yo, que ha sido históricamente excluida y marginada, donde otros hablan por ellos y que no tienen voz ni voto en cuanto a las opciones disponibles para su futuro. Mientras cabalgo a hombros de aquellos que me han precedido y tengo una responsabilidad ante aquellos que vendrán después de mí afirmo que las buenas intenciones por sí solas no previenen el daño, y además pueden causarlo. 
A menudo me preguntan qué anticipo que ocurrirá durante el actual siglo XXI. Y en resumen lo que digo es: una gran incertidumbre, un planeta agonizante, desconfianza y dolor. En tiempos de gran volatilidad, los seres humanos anhelamos un bálsamo. Y el futuro digital es exactamente eso, un bálsamo. Consideramos su oferta de posibilidades como si pudiera calmar todos los males, con una inevitabilidad lógica. 
En los últimos años, los informes han comenzado a señalar los nuevos tipos de riesgo, fruto de las innovaciones tecnológicas. Uno de ellos es que los datos recopilados acerca de las personas vulnerables pueden usarse en su contra como represalia, representando un riesgo mayor no solo contra ellos, también contra sus familias y su comunidad. Esta realidad ya la constatamos con los rohingya. Y muy recientemente, en agosto de 2021, cuando Afganistán cayó bajo los talibanes, salió a la luz que los datos biométricos recopilados sobre los afganos por el ejército estadounidense y el gobierno afgano, y utilizados por una serie de actores, habían caído en manos de los talibanes. Registraron las casas de los periodistas. Los afganos lucharon contrarreloj para hacer desaparecer su historial digital. Y las tecnologías de empoderamiento pasan a ser de desempoderamiento. Es porque estas tecnologías están diseñadas en base a un cierto conjunto de supuestos sociales, se integran en el mercado y se filtran según parámetros capitalistas. Pero las tecnologías creadas  en un contexto y testadas en otro, siempre fallarán, porque se basan en suposiciones sobre los modos de vida. Y mientras a Uds. y a mí no nos incomoda pasar la huella por un escáner por ejemplo a la entrada de un cine, eso no es extrapolable al nivel de seguridad que alguien  puede sentir mientras espera en una fila, debiendo desvelar una pequeña parte de sí mismo para poder acceder a las raciones de alimentos. El personal humanitario asume que la tecnología liberará a la humanidad, pero se olvidan de la debida consideración de las cuestiones de poder, la explotación y el daño que pueden sobrevenir para este fin. En cambio, nos lanzamos a buscar soluciones, en forma de pensamiento milagroso el cual asume que simplemente implementando soluciones brillantes, resolveremos el problema que tenemos enfrente, obviando cualquier análisis formal de las realidades subyacentes. 
Son herramientas al fin y al cabo, herramientas, como un cuchillo de chef, que en manos de unos, elabora una deliciosa comida, y en manos de otros, genera devastación. Entonces, ¿cómo asegurarnos de que no estamos trasladando las desigualdades del pasado a nuestro futuro digital? Y quiero dejar clara una cosa. No estoy en contra de la tecnología, solo en contra de la que es para tontos. 
(Risas) 
(Aplausos) 
La limitada imaginación de unos pocos no debería colonizar la rica imaginación innovadora de la mayoría. 
Entonces, ¿cómo nos aseguramos de diseñar una base ética, para que la liberación prometida no sea solo para unos pocos privilegiados, sino para todos nosotros? Hay algunos ejemplos que pueden señalar el camino a seguir. 
Me encanta el trabajo de la IA indígena que, en lugar de basarse en valores y filosofías occidentales, se basa en protocolos y valores indígenas y los implementa en el código de la IA. También me encanta el trabajo de Nia Tero, una organización indígena codirigida que trabaja con comunidades indígenas para que ellos mismos tracen su propio bienestar y su territorio, a diferencia de otras organizaciones que lo hacen directamente en su nombre. Aprendí mucho del proyecto Satellite Sentinel en 2010, que es un ejemplo ligeramente diferente. El proyecto comenzó esencialmente para registrar las atrocidades a través de tecnologías de teledetección y satélites, para así poder predecirlas y posiblemente prevenirlas. Pero el proyecto terminó tras varios años por una variedad de razones, una de los cuales era que en realidad no llevaba a la acción. Pero la segunda, y probablemente la más importante, era que el equipo se dio cuenta de que estaban operando sin una red ética. Y sin pautas éticas establecidas, se abría el cuestionamiento sobre si lo que estaban haciendo era útil o dañino. Y entonces decidieron ponerle fin para no arriesgarse a causar daño. 
En ausencia de marcos éticos legalmente vinculantes que guíen nuestro trabajo, me he estado centrando en una serie de principios éticos para ayudar al desarrollo de la innovación humanitaria, y hoy me gustaría presentarles algunos de ellos. 
Uno: Preguntar. ¿Qué grupos humanos se verán perjudicados por esto y cuándo? Evaluar: ¿A quién beneficia realmente esta solución? Averiguar: ¿Se obtuvo el consentimiento apropiado de los usuarios finales? Considerar: ¿A qué debemos renunciar para adaptarnos a un determinado futuro? E imaginar: ¿Qué bien futuro podríamos recuperar si implementáramos tal acción hoy? 
Somos responsables de los futuros que creamos. No podemos desentendernos de la responsabilidad y de la autoría de nuestras acciones, si nuestras acciones están causando daño a aquellos a quienes pretendemos proteger y servir. Otro mundo es absoluta y radicalmente posible. 
Gracias. 
(Aplausos) 
