Recientemente, he pasado varios días explorando Kashgar, una ciudad en Xinjiang, al noroeste de China. Pude pasear por las calles del casco antiguo, visitar el bazar y varias mezquitas, y disfrutar de las vistas. Nunca he estado físicamente en Kashgar, pero gracias a lo que los turistas suben a YouTube y a Instagram, pude saborear la ciudad en un momento clave: Octubre de 2017, en plena campaña de detenciones masivas en la región. Esos videos podrían ayudarnos a investigar los signos visuales de la represión: Puntos de control en cada cruce con detectores de metales, controles de identidad, escaneos del iris, un circuito de cámaras de seguridad invadiendo la ciudad y la policía antidisturbios apostada en cada esquina. 
En la última década, las investigaciones en línea y de código abierto se han abierto paso en los sectores del periodismo y de la defensa de los derechos humanos, mediante el uso de fotografías, videos y el rastro digital que vamos dejando cuando buscamos información en Internet. Los datos de las redes se combinan con otras herramientas, como las imágenes de satélite o el modelado 3D, junto con técnicas periodísticas más tradicionales, como las entrevistas y la búsqueda en documentos gubernamentales. Además, se han incorporado al periodismo nuevos perfiles: Desarrolladores de software, animadores, arqueólogos o, arquitectos, como es mi caso. 
Me involucré en la investigación de Xinjiang en el verano de 2018 y conocí a Megha Rajagopalan, una periodista estadounidense que había trabajado en China durante varios años. En los últimos años, China ha estado llevando a cabo una campaña de opresión en Xinjiang contra los musulmanes túrquicos, incluyendo el grupo más extenso, los uigures. Es parte de una campaña de integración forzada que varias naciones han calificado de genocidio. Se estima que más de un millón de personas ha desaparecido en campos de detención. Y mientras que el gobierno chino sostiene que son parte de un programa inocuo de reeducación, decenas de antiguos detenidos describen haber sido torturados y abusados, ​​y las mujeres esterilizadas a la fuerza. 
Sin embargo, durante mucho tiempo no ha habido información  sobre lo que ocurría en Xinjiang, por el férreo control sobre Internet por parte del gobierno chino y las restricciones impuestas  a los periodistas en la zona. Los periodistas eran perseguidos o detenidos, y en alguna ocasión, las autoridades incluso montaban obras viarias falsas o escenificaban accidentes de auto para impedir el acceso a determinadas carreteras. Los lugareños que  contactaban con periodistas se enfrentaban al riesgo de ser enviados a un campo de detención. 
Megha fue la primera periodista en visitar uno de los campamentos. Pero poco después de publicar su artículo, las autoridades chinas denegaron la renovación de su visado y tuvo que salir del país. Otros periodistas lograron visitar algunos de los campamentos, en realidad un número ínfimo, comparado con lo que creíamos que allí había, pero nadie sabía dónde estaba el resto. Y Megha estaba determinada a localizarlos. Solo necesitaba dar con una forma efectiva de trabajar desde el extranjero. 
Otro desafío era la gran extensión de Xinjiang. Es cuatro veces el tamaño de California, lo que dificultaba la búsqueda de una red de campamentos distribuidos por toda la región. Las imágenes de satélite podrían ayudar a resolver ambos problemas. Aunque lo mejor, es que esas imágenes eran una fuente de información fuera del control del gobierno chino porque los satélites y sus imágenes eran propiedad de organizaciones estadounidenses y europeas. Nos quedaba aún el interrogante de dónde buscar entre la gran cantidad de imágenes satelitales. 
Y entonces me enteré de que  había algo raro en Baidu Total View, que es el equivalente chino de Google Street View. El fotógrafo Jonathan Browning había descubierto que varios edificios e instalaciones, como polígonos industriales, se habían retocado con Photoshop a partir de fotos a ras de suelo, y la mayoría de forma bastante tosca. Es muy extraño, ¿verdad? En ese momento,  las razones no eran obvias, pero pensé que si estaban ocultando polígonos industriales al este de China, ocurriría probablemente lo mismo con los campos de detención en Xinjiang. Y me puse a mirar las imágenes para ver qué podía encontrar. Los periodistas habían visitado unos cuantos campamentos, así que busqué esos lugares en Baidu para ver qué mostraba la plataforma. No había fotos a pie de calle, pero al ampliar las imágenes de satélite sucedió algo muy raro. Un cuadrado gris claro apareció de repente sobre la ubicación del campamento, y desapareció en cuanto seguí ampliando la imagen, como si el mapa no pudiera cargarse correctamente. Volví a acercar y alejar la imagen y sucedió exactamente lo mismo. Vi que no podía ser un problema al cargar el mapa porque los cuadrados habrían quedado en la memoria del navegador. Y cuando descubrí que sucedía lo mismo en otros puntos donde sabíamos que había campos, me di cuenta de que teníamos una técnica para poder encontrar el resto de la red. 
Los mapas y las imágenes satelitales no suelen contener espacios en blanco, que normalmente llaman la atención, pero para nosotros fue una suerte. Oscurecer los campamentos reveló inadvertidamente todas sus ubicaciones. 
(Risas) 
(Aplausos) 
Trabajamos con el desarrollador Christo Buschek, especialista en documentar cuestiones sobre los derechos humanos y en crear herramientas para investigadores de código abierto para mapear las ubicaciones ocultas. Tuvimos que trabajar rápido y en secreto para mapear los cuadros ocultos antes de que alguien nos descubriera y los eliminara pues nuestra investigación se basaba en el acceso a esa información. La idea era localizar las ubicaciones ocultas y luego buscar esos mismos puntos en otras imágenes de satélite inalteradas para ver qué había allí. Y esto es lo que vimos. Esta es una antigua escuela secundaria que pasó a ser el centro de enseñanza y de formación profesional de Kashgar. Aumentando las imágenes de satélite, podemos ver el alambre de espino en los patios cercando zonas de ejercicio para los detenidos junto a los edificios. Otras imágenes, incluso muestran personas, vistiendo uniformes rojos y formando en el patio. Detalles así ayudaban a determinar si una ubicación era un campamento o no. 
A medida que continuaba la investigación, vimos que el programa había evolucionado y ya no eran los campamentos improvisados del inicio, ​​ubicados en antiguas  escuelas y hospitales. Ahora eran más de tipo permanente, de dimensiones superiores, con mayor nivel seguridad y especialmente diseñados. Este es el campo más grande que conocemos. Está en Dabancheng. El complejo tiene 3,20 km de largo, el equivalente a una cuarta parte de Central Park en Nueva York. Las imágenes de satélite muestran gruesos muros perimetrales, las torres de vigilancia y unos edificios azulados, que creemos que son fábricas. Estimamos que este complejo puede albergar más de 40 000 personas sin hacinamiento. Corroboramos las ubicaciones por medio de documentos del gobierno, muchos de los cuales mencionan la dirección de los campos, con los pocos informes de prensa que existían sobre los campos y entrevistando a antiguos detenidos que habían logrado salir de Xinjiang, y que vivían en Kazajstán, Turquía o Europa. 
En total, encontramos 348 ubicaciones con el sello distintivo de los campos y las prisiones. Y creemos que es prácticamente la red completa. Estimamos que estas instalaciones fueron construidas para albergar a más de un millón de personas. Hay espacio suficiente como para detener a uno de cada 25 residentes de Xinjiang. Y eso sin tener en cuenta la masificación que describen tantos antiguos detenidos, por lo que ese número bien podría ser mayor. 
Y luego, una mañana, meses después de haber  publicado nuestro mapa, me topé a primera hora con varios  mensajes sobre un video de YouTube que estaba circulando en las redes sociales chinas. Un videobloguero chino,  que se hace llamar Guanguan, había viajado a Xinjiang con nuestro mapa. En el video, se le ve conduciendo por una carretera junto a un complejo con el muro perimetral rematado con alambre de púas, y con rejas en las ventanas. A continuación, finge dar un giro  equivocado por una calle lateral para así poder filmar  el final de las instalaciones. El letrero en la puerta dice "Centro de Detención de la División 13". Y luego rápidamente gira su auto y se aleja. Más tarde, cuelga la cámara de su mochila mientras pasa frente a un enorme complejo penitenciario en Urumqi. Desde Urumqi condujo hasta Dabancheng, el pequeño pueblo con el enorme  centro de detención que les mostré antes. Abandonó la carretera principal y tomó un camino de grava, luego salió del automóvil y subió a una cornisa de tierra desde la que avistaba el recinto. Fue algo temerariamente valiente porque, como él mismo señala en el video, los turistas no visitan ese lugar. La negación plausible no justificaría su estancia allí. Esta es la vista desde arriba, y es la primera imagen que he visto del nuevo campamento en Dabancheng. 
Este video mostraba  imágenes a ras del suelo de lugares que solo  conocíamos desde arriba, confirmando que nuestras interpretaciones eran correctas. Los letreros en las puertas del complejo, con el nombre y el tipo de instalación, eran pruebas adicionales de que estos lugares eran campos. El vídeo nos ayudó a corroborar una serie de ubicaciones de las que antes solo contábamos con imágenes de satélite. 
En Xinjiang, los sistemas de código abierto nos han permitido examinar y contrarrestar las afirmaciones del gobierno chino sobre lo que está pasando en la región. Y esta no es la única vez en que el código abierto ha llevado a un gobierno a perder credibilidad. En su momento, la guerra civil siria fue seguramente el conflicto más documentado de la historia, con gente filmando los bombardeos y sus secuelas, y subiendo los videos a las redes sociales. Investigadores como Bellingcat usaron luego ese material para investigar acusaciones de crímenes de guerra, como el uso de cloro gaseoso contra civiles. Los datos de código abierto han posibilitado trabajos periodísticos que antes habrían sido casi imposibles, ya sea por acontecer en lugares inseguros o, más a menudo, por falta de pruebas adecuadas para la investigación. 
Ahora los investigadores usan esas mismas herramientas y técnicas para monitorear la reciente invasión rusa sobre Ucrania. Una de las primeras señales de la invasión apareció en Google Maps con un atasco de tráfico creado por la artillería rusa que cruzaba la frontera y que bloqueaba el tráfico civil. Los videos de TikTok han desvelado los movimientos de las tropas rusas. Los investigadores están examinando posibles crímenes de guerra y buscan poder verificar las demandas sobre actos bélicos casi en tiempo real. 
Para ello, las imágenes  satelitales son esenciales. En Xinjiang, tuvimos la suerte de contar con imágenes de satélite, de alta resolución, actualizadas, renovadas prácticamente cada mes y disponibles de forma gratuita. Eso nos permitió verificar las posibles ubicaciones de los campamentos y seguir de cerca el avance de su construcción. Esto no se cumple en todos los casos que los periodistas querríamos investigar, y para los que también necesitaríamos disponer de imágenes accesibles. También nos servimos de otro tipo de datos. No solo necesitamos que la gente tome fotos y vídeos, es necesario que los suban a una plataforma accesible para los investigadores. Y también necesitamos que ese material se preserve. A menudo, las plataformas eliminan el contenido violento, incluso aunque proporcione evidencia clave de violaciones de derechos humanos. Actores de la sociedad civil como el Archivo Sirio han intervenido para descargar y preservar ese material. 
Las redes sociales y las imágenes satelitales aportan pruebas de abusos contra los derechos humanos por una vía que antes no existía. Podemos ir más allá de casos particulares donde se han violado los derechos humanos y mostrar la magnitud de los hechos. Podemos corroborar el testimonio de los testigos y adicionar pruebas a sus relatos. Podemos tener una imagen más precisa de lo que sucede para informar a los legisladores o como evidencia válida ante un tribunal. Con datos de código abierto, podemos conseguir las pruebas necesarias para determinar responsabilidades que luego, esperemos,  se traduzcan en acciones. 
Gracias. 
(Aplausos) 
