Si alguien se teletransportara  del nivel del mar al Monte Everest, las cosas irían mal rápidamente. Con una altitud de 8848 metros, la presión barométrica es aproximadamente 33 % de lo que es a nivel del mar. Esto significa que hay significativamente menos oxígeno en el aire, y el individuo que fue teletransportado probablemente se asfixie en minutos. Sin embargo, para las personas que hacen este viaje a lo largo de un mes, es posible que sobrevivan en la cima durante horas. Entonces, ¿qué pasa con nuestros cuerpo en tan solo un mes que nos permite aguantar esta increíble altitud? 
Imaginemos que eres una  de las 5800 millones de personas que viven a menos de 500 metros  sobre el nivel del mar. Cuando respiras a esta altitud, tus pulmones se llenan de aire  formado por varios gases y compuestos. Los más importantes entre estos son moléculas de oxígeno, que se unen a la hemoglobina en los glóbulos rojos. La sangre circula por todo tu cuerpo, llevando el esencial oxígeno a todas tus células. Pero mientras la altitud incrementa, el aire se vuelve menos denso. La abundancia relativa de cada compuesto se mantiene idéntica, aun estando en la atmósfera superior, pero en general, hay menos oxígeno que nuestro cuerpo pueda absorber. Y si asciendes a altitudes  por arriba de los 2500 metros, la falta de oxígeno puede causar  un tipo de malestar conocido como AMS, que causa dolor de cabeza, fatiga, y náuseas. 
Afortunadamente, solo sucede cuando ascendemos demasiado rápido, ya que nuestro cuerpo tiene varias formas de adaptarse a las grandes altitudes. En cuestión de minutos o incluso segundos después alcanzar altitudes de 1500 metros, los quimiorreceptores  carotideos del cuello perciben la baja presión de oxígeno en la sangre. Esto desencadena una respuesta  que aumenta la frecuencia y la profundidad de la respiración para contrarrestar la falta de oxígeno. El ritmo cardíaco también aumenta y el corazón se contrae con más fuerza para bombear más sangre en cada latido, rápidamente circulando sangre oxigenada alrededor del cuerpo. 
Todos estos cambios suceden rápido, y si siguieras ascendiendo, tu frecuencia cardíaca y respiratoria aceleraría respectivamente. Pero si te mantuvieras en esta altitud durante varias semanas, podrías cosechar los beneficios de algunas adaptaciones a largo plazo. 
A los pocos días de encontrarse arriba de los 1500 metros, el volumen de plasma en sangre disminuye, y eso incrementa la concentración de hemoglobina. Después de dos semanas,  los niveles de hemoglobina siguen subiendo lo que ayuda a la sangre a tener más oxígeno por mililitro. Junto con la frecuencia cardíaca alta, esta sangre rica en hemoglobina distribuye de forma eficiente el oxígeno. Tanto que el volumen de sangre que se bombea con cada latido puede regresar a niveles normales. Durante este tiempo,  la respiración incrementa aún más en un proceso conocido como aclimatación ventilatoria. 
Después de varias semanas de esta aclimatación, el cuerpo ha hecho los suficientes cambios para subir aún más alto. Sin embargo, tomará tiempo adicional el poder aclimatarse en el camino, normalmente bajando para recuperarse antes de ascender aún más alto. Ya que la cumbre del Everest no solo está muy arriba, es el lugar con más altitud de la Tierra, y en altitudes mayores a 3500 metros nuestros cuerpos sufren de gran presión, las venas y arterias en el cerebro se dilatan para acelerar el paso de sangre pero los vasos sanguíneos más pequeños, llamados capilares, mantienen su tamaño. El aumento de presión puede causar  que los vasos sanguíneos se derramen y que se acumule fluido en el cerebro. Algo similar puede pasar en los pulmones, cuando la falta de oxígeno hace que  los vasos sanguíneos se encojan, lo que lleva a más vasos con fugas y una acumulación de fluido. Estas dos condiciones, conocidas como  HACE y HAPE por sus siglas en inglés son extremadamente raras, pero pueden poner en peligro la vida si no se tratan rápidamente. Algunos tibetanos y sudamericanos con antecedentes familiares de vivir a grandes altitudes tienen una ventaja genética que puede prevenir el malestar por altitud pero ni siquiera ellos son inmunes a estas fuertes condiciones. 
Sin importar el riesgo, varios escaladores durante el último siglo han mostrado que la gente puede llegar  más alto que los científicos pensaban. Superando las limitaciones de su cuerpos, estos escaladores han redefinido a lo que la humanidad puede adaptarse. 
