Hace una década, conocí a alguien que experimentó unos episodios de esquizofrenia. Ellos sentían que su sentido de sí, de lo que se siente ser ellos, había cambiado. Los límites de su cuerpo empezaban a sentirse un poco nebulosos. Incluso su identidad psicológica parecía porosa a veces. Estaban viviendo lo que puede llamarse un estado alterado de sí mismo. 
Con el paso de los años, conocí a mucha gente valiente y perspicaz que me contó cómo es vivir con sus estados alterados. Y con “alterado” me refiero a “diferente”, no “deficiente”, aun así reconociendo que lidiar con estados alterados puede ser duro a veces. Así que al hablar con ellos, y con teólogos, filósofos, neurocientíficos, comprendí que este yo que cada uno de nosotros afirma ser no es tan real como parece. 
El yo es un tema esquivo. Todos sabemos intuitivamente lo que significa. Esta ahí cuando nos despertamos. Desaparece cuando nos dormimos. Reaparece en nuestros sueños. Es lo que nos hace lo que somos. Parece ser sólido, inmutable, permanente. Y aun así, podemos examinar aspectos de uno mismo que parecen reales para nosotros, y preguntar, “¿qué tan reales son?” 
Por ejemplo, la pregunta “¿Quién soy yo?” La respuesta más probable  a una pregunta como esa tendrá la forma de una historia. Le decimos a los otros, y a nosotros mismos, historias sobre quiénes somos. Creemos que nuestras historias son sacrosantas. Somos nuestras historias. Pero una condición que, por desgracia, la mayoría de nosotros conocemos... el Alzheimer... nos dice algo muy diferente. El Alzheimer comienza afectando la memoria a corto plazo. Piensen en cómo eso impacta en la historia de alguien. Para que nuestras historia se formen, para que crezcan, algo que nos ocurre a nosotros primero debe ingresar a la memoria de corto plazo, y luego, es incorporada en lo que se conoce como la memoria a largo plazo episódica. Debe convertirse en un episodio de nuestra narrativa. 
¿Pero y si la experiencia ni siquiera entra en la memoria de corto plazo? Eso es exactamente lo que hace el Alzheimer. En el inicio, el Alzheimer deteriora la formación de recuerdos de corto plazo. Perjudica el crecimiento de la narrativa. Es como si nuestras historias comienzan a estancarse en el inicio de la enfermedad. Eventualmente, el Alzheimer carcome los recuerdos a largo plazo. Así que si conocieras a alguien en la etapa intermedia del Alzheimer, es probable que pueda contarte historias sobre quién es. Pero si conoces sus historias reales, podrás darte cuenta de que a veces revuelven su narrativa, y que a veces mezclan la secuencia de episodios de sus vidas. Es como si estuviesen recordando sus propias historias de formas que no son del todo precisas. 
Es importante, en esta etapa, darse cuenta de que hay una persona experimentando esa caótica narrativa. Tristemente, el Alzheimer continúa destruyendo la narrativa, y mucho más. Y al final, no es claro si es que hay alguien que continúa experimentando algo, porque la persona ya no se puede comunicar verbalmente. Aun así, el Alzheimer nos cuenta que esas historias con las que nos identificamos, lo que los filósofos llaman la “identidad narrativa”, son hiladas por el cerebro y el cuerpo. Son construcciones. A veces, las construcciones son interrumpidas, incluso destruidas. Y si bien eso es horrible para la persona que lo está viviendo, y para sus cuidadores, es, sin embargo, una ventana a la naturaleza construida de nuestra identidad narrativa. Y cuando la construcción sale mal, percibimos nuestras historias en formas que no son reales. 
Así como con la identidad narrativa, hablemos ahora sobre nuestro cuerpo. Tomemos un aspecto muy básico de nuestra identidad corporal. Este sentimiento que todos tenemos, de que somos los dueños de nuestro cuerpo y de las partes de este, que nuestros cuerpos y nuestras partes nos pertenecen. Sería muy extraño pensar que esto sea de otra forma. Si te preguntase, “¿Tu mano te pertenece?” Tú dirías, “Claro que sí. Qué pregunta tan tonta.” Pero no todos estarían de acuerdo. 
Al principio de mi investigación, un neuropsicólogo me alertó sobre una condición llamada xenomelia, o desorden de identidad de la integridad corporal. Es posible que hayan oído sobre algo llamado síndrome del miembro fantasma, en el que la gente que ha tenido una amputación siente la presencia de ese miembro, a veces. La xenomelia es de cierta forma una condición opuesta, en la que la gente siente que una parte de su cuerpo -- por lo general las extremidades, manos o piernas -- no les pertenecen. Así que este neuropsicólogo se refirió al síndrome del miembro fantasma como animación sin encarnación. El miembro ya no está, ya no está encarnado, pero está animado en tu mente. Y él habló de la xenomelia como encarnación sin animación. Así que el miembro está presente, saludable incluso, encarnado, y a pesar de eso, en tu mente, sientes que no te pertenece. 
Entonces en la xenomelia el cerebro y los procesos corporales que originan nuestro sentido de propiedad de nuestras partes del cuerpo, están fallando, y las consecuencias pueden ser graves. Las personas con xenomelia pueden tomar medidas extremas para deshacerse, para amputar las partes de su cuerpo. Sin embargo, desde  la perspectiva de sí mismo, la xenomelia nos está contando algo muy profundo. Nos está diciendo que algo tan básico como el sentido de propiedad de nuestras partes del cuerpo es una construcción. Y a veces, la construcción se tambalea y percibimos nuestros cuerpos de formas que no son reales. 
Tomemos otro aspecto de nuestra identidad corporal. Se llama sentido de agencia. Así que cuando hago algo como coger una copa, tengo este sentimiento implícito de que soy el agente de esa acción, que a través de mi voluntad llevé a cabo esa acción. Ese sentimiento es el sentido de la agencia. Pero alguien con esquizofrenia puede que no siempre se sienta así. Alguien con esquizofrenia puede hacer algo y sentir que no es el agente de esa acción. Así que la esquizofrenia nos dice que es posible ser alguien que hace algo pero no tiene el sentido de agencia correspondiente. Así que al igual que  la identidad narrativa y el sentido de propiedad de las partes del cuerpo el sentido de agencia también es una construcción, y como tal, también puede fallar. Así que ya pueden ver a dónde va esto. 
Déjenme dar otro ejemplo para dar a entender este punto. Hablemos de cómo se siente ser un cuerpo en el aquí y el ahora. No el sentimiento de ser una historia, sino el sentimiento de ser un cuerpo en el momento presente. Los psicólogos estiman que alrededor del 5 % de la población tendrá, en algún momento de su vida, una experiencia fuera de su cuerpo. Asumamos que todos estamos teniendo una experiencia dentro del cuerpo ahora. 
(Risas) 
Pero lo que eso significa es tener la sensación de estar en un cuerpo, estar anclado a un cuerpo, ocupando un cierto volumen de espacio y mirando al mundo por detrás de nuestros ojos. Pero si estás teniendo una experiencia fuera del cuerpo, podrías sentir que estás arriba cerca del techo, viendo a tu propio cuerpo sentado abajo, en la silla. La gente reporta tales experiencias, y versiones leves de esto han sido replicadas en laboratorios. Pero si, al igual que yo, piensas que las experiencias fuera del cuerpo son el resultado de procesos cerebrales que están fallando, entonces es lógico que la experiencia de estar en el cuerpo, de estar encarnado, es en sí una construcción, y eso, también, puede desmoronarse. 
¿Entonces qué nos quiere contar la experiencia de seres alterados? Nos está contando que todo lo que consideramos real sobre nosotros -- “real” en el sentido de que pensamos que siempre estamos experimentando verdades innegables sobre nuestros cuerpos, sobre nuestras historias -- bueno, no es así. Así que cuando los teólogos y los filósofos nos dicen que el yo es una ilusión, en parte se refieren a esto. 
Puede que se hayan dado cuenta de que aún permanece la pregunta de quién o qué está realmente experimentando, en el caso de los estados alterados. Este “yo” en la pregunta “¿Quién soy yo?” está en el corazón del debate sobre la identidad. Este “yo” que está teniendo experiencias no desaparece si uno o unos pocos aspectos de sí mismo son interrumpidos. ¿Pero qué pasa si todos los aspectos de sí mismo que nos compone son interrumpidos? ¿El “yo” desaparecería? Aún no tenemos una respuesta satisfactoria a esta pregunta. Es posible que el “yo” que experimenta también sea una ilusión, en el sentido de ser una construcción, una construcción sin un constructor. Este debate, sin embargo, está sin resolver. 
A pesar de tales dudas, yo, personalmente -- sea lo que yo sea -- pienso que el yo no tiene realidad fuera del cerebro y el cuerpo. Creo que el “yo” que experimenta no persiste luego de la muerte. ¿Qué se puede concluir a partir de este conocimiento? Bueno, en primer lugar, estas ideas se sentirán liberadoras para algunos y pueden ser abrumadoras para otros. A pesar de eso, creo que todos podemos recurrir a las historias que creemos ser. Nuestros sentimientos y emociones son reguladas por nuestras historias, y a la vez, nuestros sentimientos y emociones se vuelven parte de nuestras historias. Y nuestras historias, nuestras narrativas, no solo son cognitivas... viven en nuestros cuerpos, y en nuestra estructura corporal y moldea nuestras historias. Así que conociendo todo esto, reconociendo la naturaleza constructiva de todo esto, quizá podemos aferrarnos con menos firmeza a nuestras historias. Tal vez podemos aprender a dejar ir. Pero es más fácil decirlo que hacerlo, porque la cosa que está encargada de dejar ir es también lo que debe irse. 
(Risas) 
Quizá podemos maravillarnos con el esfuerzo de la gente durante milenios desde el Buda sentándose debajo del árbol Bodhi al filósofo moderno y el neurocientífico que se preguntaron a sí mismos “¿Quién soy yo?” Pero sobre todo, creo que estamos en deuda con aquellos entre nosotros que valientemente dan testimonio de nuestros estados alterados... ya sea quienes lo hacen de forma voluntaria, como los monjes y las monjas cuando meditan, o cuando ocurre debido a una razón biológica. Hay algo destacadamente robusto sobre los procesos que originan la totalidad del sentido de sí mismo. Pero hay algo pavorosamente frágil sobre estos también. Pueden quebrarse. Y cualquiera de nosotros en cualquier momento de nuestras vidas, podría tener que enfrentarse a tales quiebres. Y creo que ese conocimiento debería hacernos empáticos con aquellos de nosotros que están lidiando con estados alterados. 
Pero también creo que los estados alterados no deberían ser vistos como el resultado de déficits, o como el resultado de una falta de atributos considerados normales. Son formas de ser distintas, y es la voluntad de algunos de nosotros enfrentar la naturaleza construida  de sí mismo lo que nos ayuda a entender el yo de todos nosotros. 
Gracias. 
(Aplausos) 
Gracias. 
