En 1971 Ian Waterman sufrió un repentino colapso por un caso grave de lo que parecía ser gastroenteritis. Tras unos días la enfermedad se pasó. Pero una serie de síntomas extraños persistían. Aunque los músculos y articulaciones seguían estando sanos, Waterman no podía moverse. De hecho, era incapaz de sentir nada del cuello para abajo. Al final le diagnosticaron un caso raro y extremo de<i> deaferentación</i>, enfermedad neurológica en la que ciertas señales del sistema nervioso se interrumpen o se deterioran. Al no obtener información del cuerpo sobre el movimiento de sus extremidades, Waterman no podía sentarse, estar de pie o caminar. Pero, con el tiempo, aprendió a utilizar la vista para calcular la distancia desde sus extremidades hasta otros objetos. Finalmente, recuperó el control total de su cuerpo, siempre y cuando pudiera verlo. 
No solemos considerar el tacto como una pieza esencial del movimiento. Sin embargo, el tacto forma parte del <i>sistema somatosensorial</i>, mecanismo que controla todas las sensaciones procedentes de la superficie o del interior del cuerpo. El tacto, el dolor, la temperatura y la percepción espacial del cuerpo, también conocida como <i>propiocepción</i>, son controlados por este sistema. Cuando algo falla, las consecuencias pueden ser drásticas. 
Todas estas sensaciones son procesadas por millones de receptoras diminutos ubicados en la piel, los músculos, los tendones y los órganos. Cada centímetro cuadrado de piel contiene cientos de células como estas. Su forma, tamaño y profundidad determinan la clase de estímulos a la que responden. 
Los <i>mecanoreceptores</i> perciben la deformación mecánica de la piel. Esta puede ser provocada por vibraciones de alta o baja frecuencia, por estiramiento o simplemente por una presión ligera y estática. Los<i> termorreceptores</i> responden a los cambios de temperatura, mientras que los <i>nociceptores</i> perciben el dolor. Los<i> propioceptores </i>se localizan dentro de los músculos y tendones, donde captan y transmiten información de forma constante sobre la posición del cuerpo. El cerebro combina esta información con otros datos sensoriales para desplazarse por el espacio sin necesidad de ver las extremidades. 
Todos estos receptores envían señales eléctricas al cerebro mediante las fibras a las que están unidas. La velocidad de estas señales varía con el grosor de la fibra. Por ejemplo, ciertos nociceptores están conectados a fibras con una mielina que posee mayor conductividad y grasa que otras. Cuando uno se hace daño, los impulsos eléctricos de los nociceptores más gruesos provocan un dolor agudo e intenso, mientras que los nociceptores finos sin mielina son responsables del dolor leve y constante que le sigue. Como las fibras que llevan información táctil son mucho más gruesas que aquellas que transmiten señales nociceptivas, frotarse una herida puede producir un alivio temporal del dolor. 
Estos receptores generan un flujo continuo de señales que recorren el sistema nervioso hasta el cerebro. Pero si se altera este proceso, ya sea por una lesión en la piel, en los nervios o en el cerebro, el mecanismo falla. Como sustenta muchas funciones corporales, un sistema somatosensorial dañado puede manifestarse de muchas formas. 
En el caso de Waterman, una reacción autoinmune atacó una parte extensa del sistema nervioso, dejándolo sin sensaciones táctiles o propioceptivas del cuello para abajo. Pero la deaferentación es solo una de muchas disfunciones somatosensoriales. Una persona puede dañarse una parte concreta del cerebro o una sección de la piel, causando la pérdida de ciertas sensaciones en ubicaciones concretas. Y el impacto de esta pérdida puede ser significativo. La pérdida de la sensación táctil dificulta el cálculo de la fuerza que hay que emplear en una situación. Sin las señales de alarma producidas por los estímulos térmicos o dolorosos, no reaccionamos cuando nos hacemos daño en el cuerpo. La privación del contacto social puede producir un problema llamado "hambre de piel", que se caracteriza por síntomas de ansiedad, depresión hipertensión e incluso por la debilidad del sistema inmune. 
Muchas de las personas que se enfrentan a esta realidad han conseguido adaptarse de forma innovadora. No se puede discutir,  que todas estas sensaciones invisibles juegan un papel vital en nuestra forma de orientarnos por el mundo, incluso cuando resulta difícil señalarlas. 
