Solía decir que las llamadas telefónicas no te cambian la vida. Hasta que un día recibí una que sí lo hizo. Era de mi madre. “Tu padre está intentando suicidarse”. “¿Está haciendo qué?” Mi padre era un hijo del sur de Estados Unidos, un veterano de la Marina y líder cívico, nunca estuvo deprimido, ni por un minuto. Hasta que le dio Parkinson. Mi padre intentó quitarse la vida seis veces en 12 semanas. 
Probamos todas las soluciones imaginables, hasta que un día tuve una idea. Tal vez mi padre necesitaba una chispa para reiniciar su historia de vida. Una mañana le envié una pregunta: “Cuéntame sobre los juguetes que usabas de niño”. Lo que sucedió después lo cambió a él, y a todos a su alrededor, y me llevó a reimaginar cómo todos creamos sentido, propósito y alegría en nuestras vidas. Esta es la historia sobre lo que ocurrió, y lo que podemos aprender de ella. 
Quiero que paren por un segundo y escuchen la historia en sus cabezas. Está ahí, en algún lugar en segundo plano. Es la historia que cuentas a los demás cuando los conoces, la historia que te cuentas a ti mismo todos los días. Es la historia de quién eres, de dónde vienes, a dónde vas. Es la historia de tu vida. Lo que hemos aprendido de estudios sobre el cerebro, es que esa historia no solo es parte de nosotros, sino que nos define de manera fundamental. La vida es la historia que te cuentas a ti mismo. Pero hay algo que los estudios realmente no han respondido. ¿Qué pasa cuando perdemos la trama de esa historia, cuando nos desviamos por un bache, un tropiezo, una pandemia? ¿Qué pasa cuando estamos agotados y necesitamos un nuevo comienzo? ¿Qué pasa cuando el cuento de hadas sale mal? Eso fue lo que le pasó a mi padre aquel otoño, a mí en esa misma época, a todos nosotros en algún momento u otro. Quedamos atrapados en un bosque y no podemos salir. 
Pero esa vez quería aprender a salir. Al igual que mi padre, nací en el sur de Estados Unidos, y durante años tuve lo que ahora considero como una vida lineal. Fui a la  universidad, empecé a escribir, lo hice sin ganar nada primero, luego tuve algo de éxito, me casé y tuve hijos. Pero después de cumplir 40, la vida me sacudió. Primero, tuve cáncer cuando mis hijas gemelas nacieron. Luego, casi me voy a la bancarrota. Después de eso, mi padre intentó suicidarse. Durante mucho tiempo, sentí miedo y vergüenza de esos eventos. No sabía cómo contar esa historia, no quería contar esa historia. Cuando lo hice, descubrí que todos sienten que su vida ha dado algún vuelco, que su vida está de alguna forma fuera de programa, descontrolada, que la vida que están viviendo no es la vida que esperaban, que están viviendo la vida  de forma desordenada. 
Quería hacer algo para ayudar. Durante tres años, recorrí el país, recolectando cientos de historias de vida de estadounidenses en los 50 estados: personas que perdieron brazos o piernas, casas, cambiaron de carrera, de género, se volvieron sobrios, terminaron malos matrimonios. Al final, tenía mil horas de entrevistas, seis mil páginas de transcripciones. Con un equipo de doce personas, pasé un año codificando esas historias con 57 diferentes variables, buscando patrones que pudieran ayudarnos en momentos de cambio. Lo llamé “Proyecto de historia de vida”, y esto es lo que aprendí. 
Lección número uno: la vida lineal ha muerto. La idea de que tendremos un trabajo, una relación, una fuente de alegría desde la adolescencia hasta la vejez, es completamente obsoleta. Esa idea es una anomalía histórica. Aunque no hablamos tanto sobre eso, la forma en que vemos el mundo afecta cómo vemos nuestras vidas. En el mundo antiguo, no existía el tiempo lineal. Pensaban que la vida era cíclica porque la agricultura lo era. En la Edad Media, pensaban que la vida era una escalera hacia la mediana edad, y luego un descenso. Es decir, no hay un nuevo amor a los 60, ni jubilarse y abrir un Airbnb a los 70. Apenas hace 150 años adoptamos la idea de que la vida es una serie de etapas, como en un proceso industrial. Las etapas psicosexuales de Freud, las ocho etapas de desarrollo moral de Erikson, las cinco etapas del duelo… Todos esos son constructos lineales. Este modelo tuvo su auge en los años setenta, con la idea de que todos hacen la misma cosa a los 20 años, lo mismo a los 30, luego una crisis de la mediana edad entre los 39 y 44 y medio. 
(Risas) 
Es difícil sobrestimar lo poderosa que era esta idea. Solo hay un problema: que no es cierta. Hoy en día, hemos actualizado nuestra forma de ver el mundo. Entendemos que hay caos, complejidad y conexiones, pero no hemos actualizado cómo vemos nuestras vidas. 
Eso me lleva a la segunda lección. La vida no lineal implica muchas más transiciones. Revisé todas las entrevistas que realicé e hice una lista de todas las formas en que nuestras vidas se desvían. A estos eventos los llamo interruptores. En total eran 52, y creé la Baraja de Interruptores. Algunos son menores, como un leve choque o romperse un tobillo. Algunos son grandes,  como perder el empleo o mudarse. La persona promedio pasa por tres docenas de interruptores a lo largo de su vida. Eso quiere decir uno cada 12 o 18 meses. Superamos la mayoría con relativa facilidad, pero uno de cada 10 se convierte en lo que llamo un terremoto vital, un estallido masivo de cambio que lleva a un período de trastorno, transición y renovación. La persona promedio pasa por esto entre tres y cinco veces a lo largo de su vida, y su duración media es de cinco años. Si hacemos cuentas,  eso significa que pasamos 25 años, o la mitad de nuestra vida adulta, en alguna transición. Y no crean que estos eventos se agrupan durante la mediana edad. Algunos nacen en medio de esos terremotos, otros los tienen a los 20 o a los 60 años. Olviden la crisis de los 40, todos enfrentamos crisis en cualquier momento de la vida. 
Pero esto es lo que causa tanta ansiedad. Aún esperamos que estos terremotos sigan un calendario predecible, como cumpleaños que terminan en cero. Aún nos persigue el fantasma de la linealidad. Pensamos que nuestra vida será lineal, y nos desconcierta cuando no lo es. Nos comparamos a un ideal que ya no existe, y nos castigamos por no conseguirlo. La pandemia solo ha empeorado esto. Yo clasifico cada terremoto vital como voluntario o involuntario, personal o colectivo. Apenas un ocho por ciento de ellos son involuntarios y colectivos. Un terremoto involuntario colectivo es un desastre natural o una recesión. ¿Qué tiene de único este momento? El planeta entero, por primera vez en un siglo, está pasando por el mismo terremoto involuntario colectivo al mismo tiempo. Cada uno de nosotros está en transición. Y sin embargo, nadie nos enseña cómo superar esta etapa. 
Esto me lleva a la tercera lección. Las transiciones de vida son una habilidad que podemos y debemos dominar. 
Lo que me gustaría hacer hoy es darte cinco sugerencias basadas en mi investigación para superar una transición de vida. Sugerencia número uno: empieza con tu superpoder de transición. Podemos pensar en un terremoto vital como si fuera un golpe físico. La vida nos pone incómodos, y la transición de vida  nos devuelve el control. Y sin embargo, la mayoría de nosotros nos sentimos abrumados al pasar por una. Hacemos una lista de 212 tareas y queremos acabarla en un fin de semana, o nos tumbamos en posición fetal y decimos que nunca lo superaremos. Ambas están mal. Si observamos muchos casos, ciertos patrones se distinguen. Las transiciones de vida tienen tres fases. Las llamo: el largo adiós, cuando se llora por un pasado que no volverá; el medio desordenado, cuando dejas ciertos hábitos  y creas otros nuevos, y el nuevo comienzo,  cuando desvelas tu nuevo yo. Pero esta es la clave: contrario a un siglo de pensamiento, estas fases no suceden en orden. Así como la vida no es lineal, las transiciones tampoco lo son. En cambio, cada uno gravita  a la fase que dominamos, o nuestro superpoder de transición, y nos empantanamos en la fase que no dominamos tanto, nuestra criptonita de transición. A la mitad de nosotros  no nos gusta el medio desordenado. Pero algunos destacamos en esa fase. Quizá te guste hacer listas y analizar las opciones. Perfecto, empieza por ahí. A cuatro de diez personas no nos gusta el largo adiós. Quizá nos guste complacer, o las situaciones difíciles nos ponen incómodos, pero otros disfrutan eso. Perfecto, empieza por ahí. Las transiciones son difíciles. Empieza con tu superpoder, desarrolla tu seguridad, y avanza a partir de ahí. 
Sugerencia número dos: acepta tus emociones. Además de las tres fases, identifiqué siete herramientas para manejar una transición de vida. Empezando por aceptar que es una experiencia emocional. Miré a cientos de personas a los ojos y les pregunté, “¿Cuál es la emoción más fuerte con la que lidiaron durante una fase de cambio?“. La respuesta más frecuente fue el miedo. “¿Cómo voy a superar esto?” “¿Cómo voy a pagar las cuentas?” La segunda respuesta fue la tristeza. “Extraño a mi ser querido”. “Extraño poder caminar”. La tercer respuesta fue la vergüenza. “Me avergüenza tener que pedir ayuda”. “Me da vergüenza lo que hice cuando bebí demasiado”. Algunas personas lidian con estas emociones escribiéndolas. Otros, como yo, las enfrentan. Pero el 80% de las personas recurre a rituales. Cantamos, bailamos, nos abrazamos. Cuando Mayard Howell dejó su puesto en una farmacéutica y abrió un gimnasio, se tatuó “respira” en la mano derecha y “feliz” en la izquierda. Me dijo, “Sabía que así no podía regresar a mi empleo corporativo”. 
(Risas) 
Lisa Ray Rosenberg tuvo un año horrible en el cual perdió su empleo, se peleó con su madre y tuvo 52 primeras citas. “Sabía que necesitaba un cambio”, dijo. Su mayor miedo eran las alturas, así que saltó de un avión. Un año después, estaba casada y tenía un bebé. Rituales como ese son eficaces en el largo adiós de una transición porque son mensajes para nosotros mismos y para quienes nos rodean, de que pasamos por un momento difícil, y estamos preparados para lo que sigue. 
Sugerencia número tres: prueba algo nuevo. El medio desordenado es confuso, descorazonador y desorientador. ¿Y ahora qué? Mis datos muestran que hacemos dos cosas durante este tiempo difícil. Primero, nos deshacemos de cosas: mentalidad, rutinas, hábitos. Como los animales que mudan de piel, desechamos partes de nuestra personalidad. Jeffrey Spar, quien tiene TOC, tuvo que renunciar a un sueldo regular cuando dejó el negocio de la familia para abrir una ONG que trabaja con terapia con arte. Lee Wint, una ejecutiva que pasó por un cáncer, un divorcio y cambio de carrera al mismo tiempo, dejó el hábito de abrir la heladera cada vez que volvía a su casa. Perdió 27 kilos. Desprendernos libera espacio para lo que viene después, que son actos asombrosos de creatividad. En lo más hondo de nuestras vidas, bailamos, cantamos, hacemos jardinería, aprendemos a tocar el ukulele. Al sargento del ejército Zach Herrick le volaron la cara los talibanes. Pasó por 31 cirugías de nariz y mentón, tuvo pensamientos suicidas. Por sugerencia de su madre, empezó a cocinar. Luego, empezó a escribir poesía, y luego a pintar. Me dijo, “Sacaba mi agresividad salpicando al enemigo con balas”, “Ahora salpico el lienzo con pintura”. ¿Cuál fue el mayor cliché al comienzo de la pandemia? ¡Hornear! ¡Saldremos de esta horneando pan de masa madre! Creo que fui la persona menos sorprendida, porque el simple acto de imaginar ese pan, o un cuadro o un poema, nos permite imaginar que podemos crear un nuevo yo. 
Sugerencia cuatro: buscar la sabiduría de los demás. Quizá la parte más dolorosa de una transición de vida es sentirse solo y aislado. De hecho, una razón poco discutida del aumento de la soledad es el número creciente de transiciones de vida que enfrentamos. Por eso es esencial no estar solo, y compartir la experiencia con otros. Podría ser un amigo, vecino, un ser amado, incluso un desconocido. Pero esta es la clave. No todos desean el mismo tipo de respuesta. Cada uno de nosotros tiene lo que llamo un fenotipo de respuesta. A un tercio nos gusta que nos consuelen. “Te quiero, Suzy, lo vas a superar”. A una cuarta parte nos gusta que nos empujen un poco. “Te quiero, John, pero tal vez deberías probar esto, deberías hacer eso”. Pero a uno de cada seis nos gustan unas sacudidas. “Te quiero, Anna, pero ya supéralo, es momento de hacer esto”. 
(Risas) 
La clave es no asumir que la otra persona desea el mismo tipo de respuesta. Pregunta antes de aconsejar. 
Y eso me lleva a la sugerencia cinco. Reescribe tu historia de vida. En el fondo, una transición de vida es una experiencia que crea significado. Es lo que me gusta llamar una ocasión autobiográfica, en la cual podemos revisitar, reescribir y volver a contar nuestra historia de vida, agregando un nuevo capítulo sobre lo que aprendimos con ese terremoto. Eso fue lo que ocurrió con mi padre. Después de esa primer pregunta sobre los juguetes que tenía de niño, escribió una historia sobre aeromodelismo que yo nunca había oído antes, a pesar de que ni siquiera  podía usar sus dedos en aquel momento. Le envié otra: “Háblame de la casa en la que creciste”. “¿Cómo entraste a la Marina?” “¿Cómo conociste a mamá?” Hasta que esta semana, ocho años después de aquella primera pregunta, mi padre, quien nunca escribió nada más largo que un memorándum, terminó sus memorias, con 65 000 palabras. Una pregunta, una historia, un recuerdo a la vez. Ese es el poder de contar historias. Y nos recuerda que por más sombría que se ponga tu historia, no puedes renunciar a un final feliz. Tú controlas la historia que cuentas sobre ti mismo, incluso las partes más dolorosas. Y por eso es tan importante  reimaginar las transiciones de la vida, no verlas como momentos lamentables que debemos soportar y superar con dificultades, sino verlas como lo que son: momentos de sanación  que reparan las heridas de nuestras vidas. 
Los italianos tienen una expresión maravillosa para esto: “Lupus in fabula”, el lobo en el cuento de hadas. En el momento en que todo va viento en popa, llega un demonio, un dragón, una reducción de personal, una pandemia. Justo cuando el cuento de hadas parece hacerse realidad, aparece un lobo que amenaza destruirlo. Y eso está bien. Porque si te deshaces del lobo, te deshaces del héroe. Y si hay algo que aprendí, es que todos debemos ser héroes de nuestras propias historias. Después de todo,  por eso tenemos cuentos de hadas, y por eso los contamos año tras año, noche tras noche antes de dormir. Los cuentos de hadas transforman nuestras pesadillas en sueños. 
Gracias. 
(Aplausos) 
