En 2016, hice un episodio de la serie “Black Mirror” llamado “Caída en picada”. Se trata de una mujer llamada Lacie que vive en un mundo futurista en el que todos evalúan nuestras interacciones sociales. Y para quienes no lo han visto, como pequeño adelanto, prácticamente me da un colapso nervioso de tanto esforzarme por buenas críticas. 
Para mucha gente, ese episodio les resultó demasiado familiar. Hasta hace poco, solo una pequeña parte de la población llevaba sus vidas de manera pública. Y aunque aún no hemos llegado al mundo de “Black Mirror”, hemos llegado a una nueva era. Todos tenemos acceso a una audiencia global. Todos vivimos en público. Algunos más dispuestos que otros. Hay una cierta presión por compartir más de lo que queremos. A menudo sentimos que no hay otra opción. Para ser importantes, para encajar, para ir hacia adelante. Para ser confiables, apreciados, aceptados y entendidos. 
Esta nueva obsesión por autoexponernos es quizá el experimento social más grande de la historia. Lo que decidimos sobre nuestras barreras personales afecta nuestras vidas sin alguna guía o antecedentes. Afortunadamente, hay un referente. Quien haya estado en el ojo público, ya sea como deportista, político o presentador ha pasado por una versión de esto. 
Mi padre ha sido figura pública desde que tenía cinco años, como actor, desde la infancia, y luego como director. Y yo he sido actriz desde los 20 años. De hecho, mi familia ha formado parte del mundo del entretenimiento por tres generaciones, teniendo que lidiar con cómo sobrellevar el exponernos por los últimos 70 años. Mi madre, Cheryl nunca quiso estar ante el ojo público. Simplemente se enamoró de un hombre que lo está. 
Mi madre conoció a mi padre, Ron, cuando tenían 16 años. Para entonces, ella ya había viajado sola en avión, se había unido a un club de armas solo para hombres, había estado en cientos de peleas y había ayudado a su padre soltero a criar a sus hermanas menores. Sobra decir, que mi madre era una joven ocupada y apasionada que ignoraba la atención del compañero famoso del bachiller. Esto era principios de los 70, y mi padre era conocido por ser Opie en “El Show de Andy Griffith”, y pronto grabaría el piloto de un nuevo show llamado “Días Felices”. Mi madre no sabía nada de esto. Lo único que ella miraba en la televisión era Star Trek. 
(Aplausos) 
(Risas) 
En serio. Después de que finalmente se juntaron, después de que él le pidiera matrimonio tres veces, después de tener hijos, mi madre se convirtió en toda una mujer guerrera, lista para proteger. Pero no fue hasta que me dieron el guion para una película, en preescolar, para que le llegara a mi padre... 
(Risas) 
que mi madre entendió que su visibilidad se estaba extendiendo a la familia, y que necesitaría prepararnos  para algo que ella nunca había vivido. Crecer ante el ojo público. Esto requirió tácticas de paternidad extremas. En primer lugar: nada de consentir, nunca. De niña, me daban mucho miedo las serpientes, así que mi madre me dio una de mascota. 
(Risas) 
Cuando me paralicé en mi primer recital de piano y salí del escenario llorando, mi madre insistió en que me quedara y apoyara a mis compañeros. Años después, cuando mi hijo hacía muecas por una ardilla muerta que nuestro gato dejó en la entrada, Cheryl lo hizo limpiar los restos. 
(Risas) 
Mi madre quería hacernos fuertes para que tuviéramos más valor y menos miedo al lidiar con situaciones incómodas. Eso significaba: nada de consentir. Solía decirnos que dejáramos a un lado la comodidad. Cualquier desafío que se presentara era una oportunidad para equilibrarnos. Además, la confianza viene del carácter, no de nuestra apariencia. Cheryl era una gran aguafiestas. Cuando me descubrió mirándome en el espejo de niña, decidió encargarse de ello inmediatamente cubriendo todos los espejos de la casa. 
(Risas) 
El mejor cumplido era: “Tienes un gran carácter”, no “Eres hermosa”. Y el carácter se forjaba realizado deberes del hogar. 
(Risas) 
Cuando no estaba limpiado el granero, esquilaba ovejas, cambiaba llantas, limpiaba inodoros, hacía voluntariados, quitaba la nieve. Cheryl creía que el trabajo duro, en especial en servicio de otros, genera confianza. Una cualidad muy requerida al exponernos a cualquier tipo de atención pública. 
Pero quizá la lección más importante fue: la vida privada hace que la vida pública valga la pena. Cheryl se dio cuenta de que, aunque la fama trae muchas bendiciones, hay un impacto y posible costo por llevar una vida pública. Así que ella, más que nada, como mis abuelos antes que ella, le daba mucho valor a la privacidad. Porque fomentar una vida privada es algo preciado. Es sagrado. Su valor está intrínseco en lo que no se comparte. Qué nos reservamos. Y para quién. 
El mundo es ahora un gran pueblo. Pero en esa plaza mayor virtual hay distintos niveles de relaciones, niveles de intimidad, y todos merecen una cantidad distinta de nosotros, un lado distinto. 
Esos límites los definimos nosotros. Pero para tomar esas decisiones, todos debemos ser nuestra propia Cheryl, nuestros protectores. Porque es tentador pensar que mientras más compartimos, más formas hay de conectar con nosotros. Pero hay algo especial en saber que lo que comparta con mi pareja, mis hijos o mi mejor amigo, es solo para ellos y nadie más. Sin ese círculo interno, solo nos queda la superficialidad y un vacío. Nunca terminamos de conocernos, ni siquiera nosotros mismos. 
Vivir en público requiere ser valiente y atrevido, pero mantener una vida privada nos permite tomar el riesgo. Así que cuando mi hijo, a los 15 años, empezó un canal de YouTube, y mi hija, a los 10 años, pidió unirse a TikTok, me pregunté a mí misma: “¿Qué haría Cheryl?” Aunque quiera proteger a mis hijos, sé que motivarlos a no hacerlo no es la respuesta. No quiero que mis hijos entren al mundo digital hasta que sepan quiénes son. Pero el sentido de uno mismo se desarrolla participando en el mundo. Trato de ayudarlos a descubrirse a sí mismos con estas tecnologías, no a pesar de ellas. 
Y me protejo a mí misma de igual forma siguiendo el mismo consejo, cumpliendo dos principios. El retraso de dos días. Con lo que sea que esté viviendo, trato de esperar 48 horas antes de publicar y compartir porque de ese modo puedo estar presente en privado con la gente que amo antes de pensar en cómo presentarlo de manera pública. Y publicar con un propósito. Antes de compartir, me pregunto el porqué. ¿Cuál es el propósito? Y lo más importante, ¿de qué le sirve a mis seres queridos? 
Los peligros y oportunidades de llevar una vida pública existían, sinceramente, desde mucho antes que todo esto. Pero es importante tener en cuenta lo que mi familia sabía antes y ahora. Que nuestro verdadero valor está en la calidad de nuestra vida privada. La parte de nosotros a la que solo algunos, o quizá solo nosotros, tenemos acceso. Porque el legado que creamos en privado tiene tanto valor y es tan duradero como cualquier elogio público. Quizá aún más. 
Muchas gracias. 
(Aplausos) 
