Tengo una estadística impactante que quiero compartirles. América Latina es el hogar de solo ocho % de la población mundial, pero de un tercio de los homicidios. Esto es aún peor en los países del Triángulo Norte, que son Honduras, Guatemala, y El Salvador, de donde soy y donde vivo. Imagínense el impacto que este tipo de violencia constante puede tener en la salud, la productividad,  y el bienestar de una persona. Sobre todo porque sabemos que si estamos expuestos a la violencia esto puede resultar en trauma. Y cuando eso pasa, en respuesta al estrés, el cerebro neutraliza funciones básicas como la resolución de problemas, el pensamiento crítico y la regulación emocional. Y refuerza las que necesitamos para protegernos y sobrevivir. Entonces esto hace más difícil aprender a tomar decisiones e incluso mantener relaciones. Puede aumentar el riesgo de enfermedades pulmonares y cardíacas, diabetes, ansiedad y depresión. Entonces imaginen lo que puede significar para comunidades cuando casi todos pueden ir por ahí con estrés y trauma sin resolver. Luego imagínense lo que puede pasar cuando el trauma personal  y colectivo chocan. Para empeorar la situación, sabemos que la exposición a violencia puede llevar a más violencia. Investigaciones han mostrado que sobrevivientes de la violencia tienen hasta seis veces más probabilidades de involucrarse en más violencia o ser victimizados de nuevo. Es literalmente la definición de un círculo vicioso. 
La buena noticia es que sabemos que podemos interrumpir este círculo abordando el trauma subyacente con acceso a cuidados de salud mental. El problema es que el acceso a cuidados de salud mental aquí, prácticamente no existe. Entonces solo para darles una idea, en EE. UU. hay alrededor de 270 trabajadores de salud mental por cada 100 000 personas. En Honduras, este número se reduce a dos. Así que nos quedamos con un problema clásico. Sabemos cómo ayudar a resolver el problema, pero no tenemos los recursos. Pero ¿qué tal si reimaginamos cómo pueden ser estos recursos? Creo que deberíamos, porque hay maneras de llenar comunidades con acceso a servicios de salud mental. Se está haciendo, y está funcionando. Y les quiero contar un poco sobre cómo lo hacemos en Glasswing. 
Estamos entrenando a miles de trabajadores gubernamentales como maestros, enfermeras, médicos y policías en educación sobre  el trauma y el autocuidado. Básicamente estamos tratando de crear un grupo de médicos de salud mental que ya están trabajando en los frentes y que puedan intervenir y minimizar los impactos de la violencia y del trauma en sí mismos y en las comunidades donde trabajan. Hemos entrenado a trabajadores de la salud para que puedan reconocer señales de trauma, para poder ayudar a los pacientes a comprender lo que sienten y darles las técnicas para afrontarlo o referirlos si es necesario. Vimos en hospitales que la prevención de la violencia, basada en traumas, puede reducir la probabilidad de revictimización hasta un 30 por ciento. 
(Aplausos) 
En las escuelas, sabemos que si los niños y adolescentes tienen acceso a un adulto que les ayude a lidiar con el estrés, sus notas, su comportamiento y su resistencia mejoran. En nuestro trabajo con la policía, 90 % de los policías que formamos se sintieron más capaces de regular sus emociones y de manejar la ansiedad y el miedo. Incluso el 80 % nos dijo que se sentía más preparado para ayudar a sus colegas. 
Les quiero contar una historia. En el 2018, nuestro equipo en Guatemala trabajaba en una comunidad con tasas muy altas de crimen, violencia y estigma. Una de las escuelas donde trabajábamos era una donde los niños terminaban si eran expulsados o si se metían en problemas. Por eso fue que Walter, un estudiante de 17 años, estaba muy sorprendido, y un poco confundido, cuando Eluvia, una de nuestras coordinadoras, capacitada en traumas, lo llevó a él y sus amigos a trabajar en la escuela primaria local. Pero Eluvia es de esa comunidad, y ella sabía que si ayudaba a un joven como Walter a involucrarse y convertirse en coordinador escolar, no solo transformaría su vida sino las de los niños con los que él trabajaría. Y efectivamente, unas semanas después, Walter fue entrenado y comenzó a dirigir un grupo de 20 niñitos en un coro. Le encantó. 
(Aplausos) 
Le encantó tanto que siguió yendo cada semana por más de dos años. 
Pero una tarde, uno de los vecinos de Walter entró a la escuela gritando diciéndole que debía regresar a casa porque su hermana fue asesinada a tiros. Walter salió corriendo. Y como me lo describió, sintió su mente y su cuerpo entumecerse. Luego sintió su corazón acelerarse y se enfureció. Él sabía quién había matado a su hermana. Y corrió hacia su cuarto  para buscar una pistola. Permítanme hacer una pausa aquí. ¿Recuerdan lo que dije hace un momento? ¿Que la violencia puede llevar a más violencia? Ese pudo ser Walter. Pero no fue así. Porque él me contó que cuando pensó en su mentora, Eluvia, y en los niños del coro enterándose de que su modelo había matado a alguien, dejó la pistola. Y eso, ahí mismo... 
(Aplausos) 
...fue cuando el ciclo de violencia paró. 
(Aplausos) 
De eso se trata. 
Tengo más historias como la de Walter y Eluvia. Pero para interrumpir y parar esta epidemia de la violencia, necesitamos miles más. Y hay maneras excelentes de hacer esto que se pueden replicar. Sabemos que podemos ofrecer más asistencia médica en comunidades por personas normales. Estoy hablando de la comunidad, y del cambio de los sistemas al mismo tiempo. Primero, entrenemos a todos en las escuelas públicas, hospitales públicos, clínicas y en las comisarías de policía en trauma, educación, y cuidado personal para que puedan cuidarse mejor y a los que sirven también, comprender el trauma y manejarlo. Después a un subgrupo de intervencionistas que se encargue de las emergencias, intervenga en casos de crisis y ofrezca apoyo continuo. Y luego otro subgrupo de ellos, como instructores, para que sigan entrenando a sus colegas y a otras organizaciones para tener una red de servicios, capacitados en traumas, en crecimiento en cada comunidad. Lo bueno es que este modelo se puede expandir y es rentable, porque trabajamos en sistemas públicos con gente que ya está ahí. 
Así que, sabemos que la violencia se da entre las personas, pero también la recuperación, ahí se empieza. Sabemos que el poder está en las personas, las relaciones, en una comunidad que se recupera. 
Una de mis citas favoritas, de Viktor Frankl, de <i>El hombre en busca de sentido</i> es: “Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio tenemos el poder de elegir nuestra respuesta. Y en nuestra respuesta se encuentra nuestro crecimiento y nuestra libertad”. Nuestro objetivo es infiltrarnos en el espacio entre el estímulo y respuestas violentas, con conocimientos y habilidades de la salud mental para que las comunidades se puedan abrir el camino a la recuperación y la resistencia. 
Muchísimas gracias. 
(Aplausos y vítores) 
