En las afueras de Filadelfia, hay una antigua residencia de ancianos que se ve detrás de árboles exuberantes. En vez de albergar y cuidar ancianos, hoy en día tiene capturados a jóvenes. Niños que vinieron a EE. UU. con sus padres. En sus pasillos, hay un niño llamado Diego que llegó a la prisión en pañales. Cuando tenía solo un año, su madre, Wendy, decidió que Honduras era demasiado peligroso para seguir viviendo ahí. Igual que han hecho las personas del mundo durante generaciones, Diego y Wendy decidieron buscar seguridad en Estado Unidos. 
Si estás en EE. UU. y temes por tu vida, la ley federal deja en claro que puedes pedir asilo. No importa de dónde vienes o cómo llegaste. Diego y Wendy hicieron precisamente eso. En pocos días, se encontraron dentro de aquella cárcel  de inmigración en Pensilvania. Son dos del medio millón de personas que se encarcelan cada año mientras el gobierno decide si se puedan quedar en EE. UU. 
En vez de ser una lucha justa entre un fiscal y un abogado defensor, los migrantes encarcelados suelen entrar solos a la corte. Es una batalla legal de gran interés en la que son obligados a luchar con las manos atadas a la espalda. Mientras la corte delibera, pasan los días. De sus comunidades y de la mía, han encarcelado a personas que nunca han cometido un delito. Muchas veces no han visto a un juez o incluso un abogado. Sin embargo, en la mayoría de las prisiones de inmigración que he visitado como abogado o investigador, la puerta de acero está cerrada con el tintineo del encierro. Por el bien de los votos, los políticos dicen que la gente como Diego y Wendy son peligrosos o deshonestos. Por el bien de las ganancias, las empresas privadas tienen prisiones para alojarlos. 
Parece inimaginable hoy en día, pero no siempre hemos encarcelado a los migrantes que esperan que el gobierno decida sus destinos. Hubo un tiempo en el que EE. UU. estuvo a punto de acabar con las cárceles de inmigración. “Esto fue la señal de una civilización iluminada”, dijo la Corte Suprema en 1958. Estábamos tan cerca, pero la política y las ganancias nos desviaron a la dirección opuesta. Con el apoyo de Republicanos y Demócratas, hoy encarcelamos a hombres, mujeres y niños. 
Pero con nuestro pasado, veo esperanza en el futuro. Podemos tomar pasos claros para acabar con las cárceles de migrates. 
La mayoría de la gente piensa en la Isla Ellis como el lugar que recibió a generaciones de recién llegados a EE. UU. Sí lo hizo, pero también fue una cárcel de inmigración con una vista irónica de la Estatua de la Libertad. Para los años cincuenta, la infraestructura de la Isla Ellis necesitaba ser reparada, reemplazada o descartada. El gobierno del presidente Republicano, previamente héroe de guerra, Dwight Eisenhower, decidió cerrarla. Pero luego, al final de los años setenta, construyeron el sistema penitenciario de inmigración más grande del mundo. Los Republicanos y Demócratas trabajaron juntos, señalando el alambre de púas de la prisión que aseguraba que estuvieran protegidos de mí. Cuando los haitianos empezaron a llegar en grandes cantidades en los años 70, Carter empezó con la detención. En la década de los 80, Reagan encarceló a cubanos y centroamericanos. George H. W. Bush usó la base militar en Guantánamo, Cuba para encarcelar a migrantes. El Presidente Clinton los dejó ahí. 
Esto no es un problema partidista. Se trata de las ganancias. Para los gobiernos locales y las empresas privadas, las prisiones de inmigración son el premio mayor. Las dos mayores empresas privadas de prisiones en EE. UU., CoreCivic y el Grupo GEO, reciben la mitad de sus ingresos del gobierno federal. Con ello, contratan a personas en ubicaciones apartadas, donde es difícil encontrar trabajos que paguen bien. En el sur de Texas, al norte de la frontera, eventualmente se puede detectar el fuerte olor a cebolla que impregna el aire. La economía local de Raymondville, la sede del condado de Willacy, depende de productos, de productos y de prisiones. Escondido detrás de una cárcel estatal, el centro de detención del condado de Willacy aloja a prisioneros inmigrantes en grandes tiendas de campaña. Hace unos años, se cerró tras una rebelión de los prisioneros. Y cuando ocurrió eso, no me sorprendió porque cuando representaba clientes de ahí era común escuchar historias  de violación, acoso y abuso. Eventualmente, el condado perdió cientos de trabajos. Hasta cerró el Walmart. Pero luego, en el verano de 2018, cuando la prisión remodelada estaba preparada para abrir, los oficiales electos del condado celebraron. ¿Por qué tenía tanta interés el condado? La prisión era suya y la empresa privada solo la administraba. Al tener prisioneros dentro, la empresa privada podía contratar a guardias, y podía contratar a enfermeros, y el condado podía pagar las cuentas. 
Con apoyo desde Washington hasta el condado de Willacy, es un buen momento para trabajar encarcelando a migrantes. Pero no se puede olvidar que estamos hablando de personas, desde niños que son demasiado chicos para preguntarles sus opiniones, hasta adultos con viejos lazos a los EE. UU. 
Diego y Wendy estaban presos dentro la residencia de ancianos 
que ahora era una prisión, viendo como el proceso legal avanzaba lentamente. Solo con un año cuando llegó, Diego tenía tres años cuando salió. Finalmente, ganó su caso jurídico para quedarse en EE. UU., pero solo después de 650 noches. 
Y aún así otros no tienen tanta suerte. Kamyar Samimi era residente y llevaba viviendo 40 años en EE. UU. cuando llegaron los servicios de migración y lo llevaron a una cárcel privada a las afueras de Denver. A los 13 días, estaba muerto. El gobierno nunca decidió si debía ser deportado. 
En este mundo patas arriba, ¿nos sentimos mejor cuando encarcelamos a niños con sus madres, o cuando las personas no acaban igual que el Sr. Samimi? ¿De verdad es lo mejor que se puede hacer? 
El camino a un mundo libre de prisiones de inmigración no comienza con fingir que todo migrante es perfecto. Comienza enfrentando la realidad. La ley de inmigración nos dice que los migrantes son extraños. Pero todos sabemos que los migrantes no son extraños. Son simplemente personas. Y como la mayoría de las personas, la mayoría del tiempo, los migrantes son completamente normales, personas normales a las que se les exige lo extraordinario. Luchan para quedarse en este país mientras están encarcelados lejos de sus familias y amigos y donde es difícil conseguir un abogado. Para resolver esto y llegar a un mundo sin prisiones de inmigración, dejemos de pagarle a CoreCivic y el Grupo GEO para que encarcelen migrantes y empecemos a pagarle a abogados que puedan defenderlos. 
(Aplausos) 
Tener un abogado representa una mayor probabilidad para que la corte llegue a una conclusión imparcial y justa. Y con respecto a las importantes cuestiones legales, hay que ser honestos, ¿qué es más estadounidense que una lucha entre abogados? 
(Risas) 
Y ya lo hemos hecho previamente. El gobierno ha ejecutado varios proyectos piloto. Cada vez ha ganado suficiente apoyo para liberar a los migrantes, para mantenerlos listos para sus citas en la corte y así evitar problemas. Pero nunca hemos dejado que estos proyectos se desarrollen. La política y las ganancias siempre han eliminado la promesa de la libertad. Sí podemos encarcelar a los migrantes, pero no lo debemos hacer. En vez de esperar que el alambre de púas y las puertas de acero nos guíen fuera de la ley de inmigración laberíntica, podríamos invertir en la justicia. Podríamos asegurar que cada migrante tenga una oportunidad justa de presentar su mejor caso jurídico. Porque las prisiones de inmigración no nos sacan de un problema. Las prisiones de inmigración son el problema. 
(Aplausos) 
No nos dejan ver el pasado cuando hacíamos todo de forma distinta y nos distraen de los tentáculos lucrativos que vinculan nuestro futuro con las puertas de la prisión. 
Pero la cosa es que la libertad es demasiado valiosa para perderla solo porque los políticos quieren votos y las empresas privadas quieren dinero. 
Gracias. 
(Aplausos) 
