A finales de 1775, 
el recientemente nombrado general George Washington recibió un poema de uno de los escritores más famosos de los EE. UU. coloniales. Sus versos alabaron  a la revolución naciente, invocando a la diosa de su nueva nación en apoyo a la honesta causa del general. Pero este juramento a la libertad no fue escrito por algún admirador aristócrata. Su autora era una joven mujer negra que había sido esclavizada por una década. 
La jovencita, quien había sido renombrada Phillis Wheatley, había llegado a las colonias en un barco de esclavos en 1761. El barco había llegado a Boston, donde Susanna y John Wheatley compraron a Phillis para que trabajara en su casa. Sin embargo, por razones  que aún son inciertas también le enseñaron a leer y escribir. Durante la siguiente década, Wheatley se volvió bien versada en poesía y textos religiosos, eventualmente comenzó a crear sus propios poemas. La familia publicó sus trabajos en el periódico local, y en 1771, su elegía para el renombrado reverendo George Whitefield capturó la imaginación del público. Las rimas repetitivas del poema, referencias dramáticas religiosas, y altísimo lenguaje espiritual reflejaron cómo los sermones de Whitefield “encienden el alma y cautivan a la mente”. Wheatley termina con una fascinante imagen de la vida al morir, confiada de que fuerzas divinas “reanimarán a sus restos”. 
Este bello tributo encontró una audiencia en Estados Unidos e Inglaterra. Y debido a que la obra fue publicada con una nota identificando al autor como una mujer esclava, muchos lectores estaban tan fascinados con el poeta como con el poema. En 1773, Phillis viajó a Londres, donde su recopilación de “Poemas sobre varios temas, religiosos y morales” fue el primer libro de poesía publicado por una mujer afroestadounidense. Estaba repleto de meditaciones profundas de la vida, muerte y religión, así como referencias bíblicas y clásicas. En “Un himno a la humanidad”, Wheatley conectó estos temas con su propio crecimiento creativo, retratándose a sí misma como una musa sonreída por cuerpos celestiales. 
Naturalmente, Wheatley tuvo a sus críticos. Muchos estadounidenses blancos creían que la gente negra era incapaz de producir trabajos intelectuales y creativos. Thomas Jefferson escribió que su trabajo no merecía ser llamado poesía, y otros la rechazaron diciendo que era una pobre imitación de otro mejor poeta. Pero muchos lectores de la época se enamoraron del trabajo de Wheatley, incluyendo prominentes escritores y políticos de Europa. 
Muchos lectores modernos, sin embargo, esperarían que su trabajo hable de un tema diferente: la esclavitud. Wheatley rara vez escribió directamente sobre sus experiencias como esclava. Y su poema abordando este tema ha sido criticado por sugerir que estaba agradecida por ser esclava pues la guio al cristianismo. Pero es bastante improbable que Wheatley haya podido denunciar públicamente a la esclavitud sin haber afrontado consecuencias severas. Y muchos lectores han encontrado una crítica más matizada oculta en su trabajo. 
Por ejemplo, Wheatley fue una defensora vocal de la Independencia Americana, escribiendo que su “amor por la libertad” vino a través de su experiencia de ser secuestrada para la esclavitud y ser separada de su familia. Al menospreciar el control imperial de Inglaterra, ella evoca imágenes de una “cadena de hierro”. Y al comparar su falta de libertad a la falta de independencia de EE. UU., Wheatley sutilmente lamenta su propia situación. 
Afortunadamente, Wheatley aseguró su libertad al regresar de Londres. Las razones de su emancipación no son muy claras hoy día, pues no hay evidencia de que la familia Wheatley haya liberado otros esclavos. Sin embargo, dado que Phillis pudo haber quedado libre en Londres, se cree que negoció para hacer de la emancipación una condición de su regreso. 
Es difícil saber exactamente lo que sucedió, tanto aquí como durante el resto de la vida de Wheatley. Su propuesta para un segundo libro nunca fue publicada. En 1778, se casó con un hombre negro libre llamado John Peters. Se cree que los dos tuvieron tres hijos, los cuales todos murieron en su infancia. El último hijo se piensa que murió cerca del mismo tiempo que Wheatley, pues los dos fueron enterrados juntos en una tumba sin marcar. 
Aunque sobrevivieron algunas cartas de Wheatley, 
nunca publicó alguna cuenta de su vida. Entonces a pesar de su cargo como quizá la africana más famosa del planeta, la historia de Wheatley se ha perdido en los estragos del tiempo, como otras incontables  de personas esclavas. Pero su poesía vive hasta ahora... celebrando el crecimiento creativo y ofreciendo sustento espiritual. 
