Hace unos minutos, antes de subir al escenario, era consciente de una historia que me rondaba en la cabeza. En realidad, era una danza entre dos historias. Una de ellas era tomar conciencia del tamaño de esta audiencia y de las cámaras que están aquí, y entender que no era un buen momento para pisarme el cordón de los zapatos u olvidar parte de mi discurso. La otra historia  que rondaba en mi cabeza me decía que debía agradecer  esta oportunidad, que saliera a escena a disfrutar de la experiencia  y a divertirme. Pero sabía que cualquiera  de las dos historias impactaría en los siguientes  12 minutos de mi vida y determinaría el desarrollo  de esta charla. 
Los terapeutas y psicólogos 
dicen que las historias  que nos contamos a nosotros mismos determinan la forma en que interactuamos con nuestro mundo circundante. Algunas personas se autoperciben como insuficientes. Otras se dicen a sí mismas  que son impostoras. Y en esas competencias  con audiciones de canto en la televisión, algunas se autoperciben  como un poco mejores de lo que realmente son. Pero aparte de las historias individuales que nos decimos a nosotros mismos, todos participamos también de historias colectivas más grandes que determinan nuestra conducta como especie. Una historia colectiva hace que en India se trate a las vacas como sagradas, mientras que en EE. UU. las vacas viven hacinadas en corrales. Nuestros mundos internos y externos están llenos de historias que determinan nuestra conducta. 
Hoy quiero hablarles  de una historia colectiva de la que muy poca gente se sabe parte. Es una narrativa colectiva que nos dice que los humanos están separados de la naturaleza y son superiores a ella. Esta narrativa nos ha puesto tan al borde de una crisis inimaginable que ahora nuestra supervivencia depende de una nueva narrativa. 
Muy bien. Érase una vez, en una tierra lejana, y en realidad aquí, donde estamos ahora, la mayoría de la gente del planeta Tierra veneraba y respetaba profundamente a la naturaleza. Prácticamente no se percibían separados del mundo circundante. Muchas culturas consideraban a la naturaleza como un padre generoso. Las plantas y los animales eran sus parientes. Los indígenas australianos  se autopercibían como custodios de la tierra, mientras los antiguos chinos se consideraban  respetuosos huéspedes de la naturaleza. Incluso figuras prominentes de Roma, como Ovidio y Séneca, decían que la explotación minera no debía permitirse, pues agredía al mundo natural. 
Pero después, las cosas  empezaron a cambiar. Un furor nuevo, la cristiandad, empezó a instalarse. Se decía que su único dios estaba por encima de la naturaleza, que Dios había hecho al humano a su imagen y semejanza, y que le había dado  el dominio sobre la Tierra. “Suena bien”, decía la gente, a la vez que difundía la noticia entre amigos y parientes, entre misioneros y reyes. 
“El mundo fue hecho para el hombre, y al hombre servirá“, dijo el obispo de París a principios del siglo XII. La fiebre del cristianismo ya había penetrado en Europa, y empezaba a poner la mira  en el continente americano. 
“Pero esperen. Hay más”, dijeron dos elegantes caballeros a comienzos del 1600. Anunciaron que representaban a la Revolución Científica, y que podían empoderar a la gente aún más. 
“Debemos perseguir a la naturaleza en sus andanzas”, dijo el primero, Francis Bacon,  padre de la ciencia moderna. “Debemos buscar todas las maneras de penetrar en sus cámaras secretas. Debemos develar los secretos aún ocultos en sus entrañas. Hacerla nuestra esclava, someterla, sacudir sus cimientos”. 
“Sí“, dijo la gente. “Suena bien”. 
Luego intervino el segundo hombre. Se llamaba René Descartes, padre de la filosofía moderna. Dijo a la personas que, efectivamente, eran superiores a la naturaleza y que los animales  eran máquinas sin pensamiento, hechas para ser usadas y explotadas a voluntad. 
“Qué alivio”, dijo la gente. “Ahora ya no nos dará culpa azotar a los bueyes”. 
La influencia de estos dos hombres, junto con la fiebre religiosa, determinó que la naturaleza  ya no era un ente vivo que debía ser reverenciado y respetado, sino más bien una máquina que debía manipularse para el bien de la humanidad. Así nació una nueva e increíble narrativa que liberó recursos naturales para que los humanos  progresen social y económicamente, aun si era a costa  de actos violentos y represivos. Esta nueva narrativa tentó especialmente a los capitalistas emergentes de la época, porque una naturaleza que no era reverenciada ni respetada era más fácil de mercantilizar. Y es lo que hicieron. Las personas iban a trabajar penetrando en todas esas cámaras internas. Cavaron en sus entrañas para obtener carbón y metales, surcaron y roturaron su piel con tractores, llevaron motosierras a sus bosques de folículos y llenaron sus aguas de desechos. La nueva narrativa se dispersó por todo el mundo. Los humanos afianzaron su dominio, hicieron construcciones asombrosas y mejoraron la vida  de miles de millones de personas, particularmente en ciertas regiones. 
Hasta que un día, los científicos empezaron a notar que cada vez había menos animales, que la atmósfera aumentaba su temperatura, que los suelos se estaban erosionando y que las investigaciones eran ominosas. 
Pero los humanos siguieron adelante. Y es que no llegaban a escuchar a los científicos, porque los hechos poco importan cuando no encajan en la narrativa. Y la narrativa ya estaba fuertemente instalada. En 2019, el director de la Agencia de Protección Ambiental de EE. UU. se opuso a las regulaciones porque, según dijo, teníamos la responsabilidad  de recoger los recursos naturales que se nos había regalado. Un conocido evangelista dice a sus adeptos que rehusarse a usar combustibles fósiles hiere los sentimientos de Dios. La narrativa estaba tan arraigada que los noticieros de la noche medían su éxito solo por estadísticas financieras, mientras el mundo vivo que engrosaba esas estadísticas era eviscerado sin que nadie lo viera. 
Tan instalada estaba esa narrativa que cuando los investigadores revisaron los nombres de árboles, pájaros, flores y otras palabras relativas a la naturaleza, usadas en millones de libros, canciones y películas entre 1900 y 2014, descubrieron que esas palabras se usaron muchísimo menos en ese período. Los humanos pasaban siete horas diarias frente a sus pantallas. De modo que no solo estaban más desconectados y separados de experiencias  con la naturaleza, sino también bombardeados por hasta 10 000 publicidades diarias de productos que causan aún más daño a la ecología. Estaban persiguiendo a la naturaleza en sus andanzas. Pero los humanos siguen atrapados  en su narrativa, en su programación cultural, como peces en un estanque, ignorantes del caos que se va gestando detrás de las piedras de colores y los leños artificiales. 
Y cuando esos mismos científicos recurrieron al bloqueo de calles y protestaron atándose a un poste o gritando que la selva amazónica, la más espectacular de todas en la Tierra, estaba a punto de convertirse en una sabana, aun así, los humanos no hicieron nada. Porque para ellos, esos árboles que albergaron miles de especies de animales y millones de especies de insectos, esos árboles que intercambiaban nutrientes a través de redes subterráneas de hongos, esos árboles que transpiraban la humedad para luego forman las lluvias con la que se irrigaban los cultivos de países que estaban a kilómetros de distancia, esos árboles se transformaron en madera para hacer tarimas, en pulpa para papel higiénico, o en espacio para más vacas. Esos árboles valían más  muertos que vivos, porque es lo que la historia les había contado. 
Luego ocurrió algo impensado. Empezó con los niños, que empezaron a ir a la escuela y tomaron las calles. Empezó con los granjeros que decidieron no luchar más  contra la naturaleza y se dedicaron a restaurar el suelo. Empezó con los pueblos indígenas, que durante siglos nos contaron su historia y lograron finalmente ser escuchados. Y empezó con la naturaleza misma, que a través de incendios y tormentas, de sequías e inundaciones, volvía a irrumpir en la vida de la gente y reclamaba ser respetada. Una nueva narrativa de regeneración sobre el humano y la naturaleza empezó a gestarse. 
Pero, claramente, no era una narrativa nueva. Era el relato nuevo de una narrativa vieja. Pero esta vez, la vieja narrativa  tenía el aval de la ciencia. Nos decía que cada bocanada de aire  que respirábamos se la debíamos a los árboles y al fitoplancton. Y que en ellos vivían  trillones de bacterias y hongos que los mantenían vivos. Considerar al mundo natural como separado del ser humano era ahora empíricamente falso. Los humanos somos la naturaleza. Pero la ciencia también nos decía que las plantas podían ver, sentir olor, oír, aprender y almacenar recuerdos. Que los delfines susurraban y hablaban dialectos propios. Que los elefantes hacían rituales para honrar a sus muertos. Que los saltamontes podían transformarse en langostas en cuestión de horas. Y que las termitas habían construido una metrópolis bajo tierra tan grande como el Reino Unido. La misma ciencia que había llevado  a la dominación y la explotación penetró tanto en las entrañas  de la naturaleza que ahora revelaba sus secretos. Y esos secretos decían que la naturaleza  no era para nada mecanicista, que merecía la mayor de las reverencias y el máximo respeto. Y que la historia original siempre había sido la verdadera. 
Quizá ahora ya no consideremos  a la naturaleza como una mujer indómita que debe ser disciplinada, ni como una cosa que deber ser explotada, sino simplemente como un igual. 
Nadie sabe cómo terminará esta nueva, o vieja, historia porque aún la estamos escribiendo. Pero si queremos que tenga un final digno de Hollywood, si queremos liberarnos de nuestra programación cultural y hacer un regreso triunfal cuando todo parezca perdido, entonces la nueva pero vieja historia tendrá que ser instalada  en la cultura lo antes posible. Deberá incluirse  en todos los programas educativos, especialmente en el nivel inicial, para que los niños perciban el mundo como un sistema vivo, no como una máquina  llena de productos y materia prima. Tendrá que plantear un nuevo diseño económico que valore la naturaleza y comunique los verdaderos costos ambientales de los materiales que todos usamos. Tendrá que reestructurar los noticieros de la noche para que la salud del suelo, la polución atmosférica y la pérdida de especies se midan a la par de las finanzas. 
Y lo más importante: la nueva pero vieja narrativa  deberá ser transmitida por sus voceros. Los músicos, los artistas, los que pueden recrear la conexión emocional con el mundo vivo, y pintar un futuro  rebosante de naturaleza, que la gente pueda ver, sentir y defender. Porque las narrativas dan forma a la cultura. La cultura crea líderes. Los líderes hacen las políticas y las políticas hacen el sistema. Y quizá, quién sabe, algún día, dentro de cientos de años, cuando los historiadores  repasen estos tiempos, verán que en medio del caos,  del nihilismo, del miedo y las extinciones hubo gente que eligió dar vuelta la página y escribir un nuevo capítulo en la humanidad. Un capítulo lleno de personajes diversos con profesiones distintas  y de lugares diferentes, que aunaron esfuerzos para crear un mundo con un futuro regenerativo y ecológico. Fin. 
(Ovaciones y aplausos) 
