En 1984, un grupo de locutores y operadores de radio se dirigieron hacia el pueblo abandonado de El Mozote en El Salvador. Las luciérnagas iluminaban los restos de una masacre que había ocurrido tres años antes. Dirigidos por el coronel Domingo Monterrosa, los soldados gubernamentales habían torturado, violado y asesinado a 978 personas, incluyendo 553 niños y niñas. La víctima más joven, Concepción Sánchez, solo tenía tres días de edad. Los gobiernos de EE. UU. y El Salvador negaron que la masacre hubiera ocurrido y la matanza dejó pocas personas vivas que contaran su historia. Pero, con la ayuda de Radio Venceremos, una de esas sobrevivientes, Rufina Amaya, compartió su testimonio y expuso a Monterrosa y a los gobiernos que financiaban sus delitos. 
Esta masacre solo fue una más en una larga lista de atrocidades cometidas contra las personas campesinas salvadoreñas. Desde la primera década del siglo XIX, un puñado de oligarcas había controlado casi toda la tierra del país, lo que obligó a la gente obrera a trabajar por casi nada. En 1932, los y las campesinas indígenas dirigieron una insurrección, pero el gobierno dictatorial respondió con un genocidio contra estas comunidades. Desde ese entonces, una dictadura militar tras otra dirigió el país junto con adinerados terratenientes. 
Y su poder no dejó de crecer en los años 60, cuando EE. UU. empezó a proveer al régimen con ayuda militar. EE. UU. quería detener la propagación de movimientos reformistas y revolucionarios, que veían como una amenaza al capitalismo. Así que invirtieron enormes sumas de dinero para entrenar soldados y “escuadrones de la muerte” salvadoreños, unas unidades militares fascistas versadas en violentos métodos contrainsurgentes. Durante los años 70, estas fuerzas exterminaron a personas campesinas que se organizaban para exigir derechos básicos, como salarios dignos, comida y agua limpia. Por fin, en 1980, la gente campesina y los trabajadoras urbanas crearon el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. Esta coalición de grupos guerrilleros luchó para derrocar la dictadura y construir una sociedad socialista capaz de satisfacer las necesidades de la clase trabajadora. 
Pero estos revolucionarios fueron atacados desde todas las direcciones. El coronel Monterrosa dirigió un batallón especial que planeaba destruir el FMLN, con tácticas que había aprendido en una academia militar de EE. UU. Las fuerzas estatales aterrorizaron a los y las campesinas, para que no se unieran a la guerrilla ni la ayudaran. Pero un grupo de rebeldes no serían silenciados: las y los operadores de Radio Venceremos. 
Esta radio clandestina guerrillera comenzó en 1981 y sus locutores, Santiago y Mariposa, se volvieron las voces de la revolución. Transmitían noticias desde el frente e informaban sobre abusos militares que no cubría ninguna otra fuente. La política y la popularidad de la estación de radio los convirtió en un objetivo de alto nivel. Y, al operar en una zona relativamente pequeña, sus locutores tenían que moverse constantemente para evitar ser capturados. Para comunicarse sin ser detectados, el grupo modificó dos radios para convertirlas en teléfonos, conectados a través de kilómetros de alambre de espinos que cubrían el campo. Esa línea telefónica secreta ayudó a los rebeldes a mantenerse un paso por delante de sus perseguidores. 
Además de informar sobre las noticias, la radio transmitía programas educativos en zonas bajo el control de la guerrilla. Ahí, la gente campesina organizaba poderes populares locales para autogobernarse, junto con cooperativas, escuelas y clínicas de salud. Las organizadoras también animaban a mujeres civiles a participar en los poderes populares y se aseguraran de que la revolución derrocara el capitalismo y patriarcado. Las mujeres componían cerca de un tercio de la guerrilla y desempeñaban una gran variedad de papeles. 
El coronel Monterrosa estaba obsesionado con destruir Radio Venceremos. En octubre de 1984, los soldados gubernamentales capturaron por fin su radiotransmisor. Monterrosa acudió en persona para recoger el equipo y celebró una teatral rueda de prensa en la que elogió su “golpe que le hemos asestado a la subversión”. Pero, en realidad, el equipo de la radio lo había superado una vez más. El transmisor tenía una trampa. Cuando el helicóptero de Monterrosa abandonó la rueda de prensa, los miembros de la radio detonaron el dispositivo sobre El Mozote y mataron al coronel cerca del pueblo que él había masacrado. 
La muerte de Monterrosa fue una victoria en un conflicto mucho más grande. La guerra civil siguió 8 años más, hasta acabar en 1992, cuando los acuerdos de paz disolvieron la opresiva Guardia Nacional y permitieron que el FMLN se volviera un partido electoral. Pero esos acuerdos no abordaron problemas de una profunda desigualdad estructural. 
En 1993, la Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas informó que más de 75 000 personas murieron durante la guerra. Pero la legislación salvadoreña evitó que se procesaran crímenes de guerra y sigue obstruyendo a la justicia hasta el día de hoy. En 2021 ningún oficial estadounidense participante había sido juzgado. y solo un individuo del gobierno salvadoreño ha sido sentenciado por crímenes de guerra. La historia también se borra en EE. UU., donde esta y otras historias de intervención de EE. UU. en Centroamérica, rara vez se enseñan en las escuelas públicas. 
Pero las víctimas se niegan a ser olvidadas. Rufina Amaya siguió compartiendo su testimonio hasta su muerte en 2007. Y los sobrevivientes de otras masacres todavía se organizan para denunciar la violencia estatal. Hacen mapas de viejas masacres, exhuman y entierran a seres queridos y construyen santuarios y museos, con la esperanza de abonar un futuro más justo. 
