El uno de septiembre de 1859, los mineros que seguían la fiebre del oro de Colorado se despertaron con otro día soleado. O eso pensaban. Para su sorpresa, pronto descubrieron que era la 1 de la mañana; y el cielo no estaba iluminado por el sol, sino por brillantes cortinas de luz. El brillo centelleante podía ser visto  desde tan lejos como el Caribe, llevando a personas  de muchas regiones a creer que las ciudades cercanas  se habían incendiado. Pero la verdadera causa de lo que terminó  siendo conocido como el Evento Carrington era una tormenta solar, la más larga en la historia documentada. 
Las tormentas solares son uno de los muchos fenómenos astrofísicos 
causados por campos magnéticos. Estos campos son generados por movimientos de partículas con carga eléctrica como protones y electrones. Por ejemplo, el campo magnético de la Tierra es generado por metales fundidos con carga que circulan en el núcleo  externo del planeta. De forma similar,  el campo magnético del sol es generado por  grandes movimientos convectivos en el plasma que compone la estrella. A medida que este plasma  gira lentamente, crea áreas de intensa actividad magnética llamadas manchas solares. Los campos magnéticos que  se forman cerca de estas regiones a menudo se vuelven torcidos y tensos. Y cuando se estiran demasiado, se rompen en configuraciones más simples, liberando energía que lanza plasma desde la superficie del sol. Estas explosiones son conocidas como eyecciones de masa coronal. 
El plasma, a menudo hecho de protones y electrones, se acelera rápidamente, alcanzando miles de  kilómetros por segundo. Una eyección de masa coronal típica cubre la distancia entre el sol y la Tierra en solo un par de días, fluyendo a lo largo del campo magnético que atraviesa el sistema solar. Y aquellas que atraviesan el camino de la Tierra son atraídas a sus  líneas de fuerza magnéticas, cayendo en la atmósfera alrededor de los polos magnéticos del planeta. Esta oleada de partículas de alta energía excita a los átomos atmosféricos como el oxígeno y el nitrógeno, haciendo que liberen fotones rápidamente a diversos niveles de energía. El resultado es un magnífico espectáculo de luz conocido como auroras. Aunque este fenómeno es normalmente solo visible cerca de los polos de la Tierra, las tormentas solares fuertes pueden traer suficientes partículas de alta energía como para iluminar grandes tramos del cielo. 
Los campos magnéticos de nuestro sistema solar no son nada comparados con aquellos  que hay en el espacio sideral. Algunas estrellas de neutrones generan campos 100 000 millones de veces más fuertes que los que hay en las manchas solares. Y los campos magnéticos  alrededor de agujeros negros supermasivos expulsan chorros de gas que se extienden por miles de años luz. Sin embargo, en la Tierra, incluso las tormentas solares débiles pueden ser sorprendentemente peligrosas. Mientras que las tormentas  que nos alcanzan son por lo general inofensivas  para los humanos, las partículas de alta energía que caen en la atmósfera crean campos magnéticos secundarios, que luego generan corrientes nocivas que cortocircuitan el equipo eléctrico. Durante el Evento Carrington, la única tecnología generalizada era el telégrafo. Pero desde entonces, solo nos hemos vuelto más dependientes de sistemas eléctricos. En 1921, otra tormenta solar poderosa provocó que los teléfonos y las herramientas del telégrafo se incendiaran en todo el mundo. En Nueva York, todo el sistema ferroviario dejó de funcionar y estallaron incendios en el edificio de control central. Tormentas comparativamente más débiles en 1989 y 2003 apagaron regiones de  la red eléctrica canadiense y dañaron muchos satélites. Si fuésemos golpeados hoy  por una tormenta tan fuerte como  la del Evento Carrington, esta podría arrasar nuestro planeta  interconectado eléctricamente. 
Afortunadamente, no estamos indefensos. Después de siglos observando manchas solares, los investigadores han descubierto que la actividad magnética habitual del sol sigue un ciclo de 11 años, permitiéndonos vislumbrar cuando es más  probable que ocurran tormentas solares. Y a medida que nuestra habilidad para predecir el tiempo espacial mejoró, también lo hicieron  nuestras medidas de mitigación. Las redes eléctricas pueden apagarse antes de una tormenta solar, y se pueden instalar condensadores para amortiguar  el repentino influjo de energía. Muchos satélites y naves espaciales modernos están equipados con un escudo especial para absorber el impacto  de una tormenta solar. Pero incluso con estos salvoconductos, es difícil decir cómo le irá a nuestra tecnología durante el siguiente gran suceso. Es posible que nos quedemos con  solo la aurora en lo alto para iluminar el camino hacia adelante. 
